Londres sin techo

Por Jesus Sergio Acosta

Por debajo de Trafalgar Square, la plaza más elegante del centro de Londres, se encuentran los pasillos de la estación del metro Charing Cross, los más frecuentados “dormitorios” que en el corazón de esta ciudad, se han inventado “los sin techo”.
Por la entrada sur del metro, un fuerte olor a orines recrudece el contraste. Es otro Londres. Son casi las seis de la tarde. Arriba queda, a unos metros, la casa del Primer Ministro y todas las oficinas de Gobierno. Un poco más lejos, el Palacio de Buckingham también reluce en la vecindad. Abajo, en el pasillo “comercial” de Charing Cross, pegados a la pared, cuatro parejas jóvenes, envueltas en sleepings y cobijas duermen al paso de miradas de reojo, intermitentes.

Los escaparates repletos de motivos navideños no les quita el sueño. Los pasajes de esta estación son anchos y no precisamente cálidos. En el lugar habita “Ben”, un joven inglés de 17 años, pelo negro, ojos oscuros, delgado, quien, recostado sobre su brazo derecho, no deja de pedir “change” a todo el que pasa.

¿Puedo sentarme?
Si quieres, pero no está barrido…

En las calles de esta capital, una de las más poderosas del mundo, hay cerca de 100,000 personas sin casa. En todo Inglaterra, la cifra asciende a 400,000, un número cerrado que, en los cálculos que hacen las organizaciones civiles Shelter y Crisis, incluye a personas que recurren a hoteles u hospederías subsidiados por el Gobierno, a jóvenes que viven temporalmente en pisos de amigos y, por supuesto, a quienes sólo tienen la calle como opción para dormir. Ben se inscribe en este renglón.

“Esta es mi sala de estar. Disculpa que no te ofrezca un té, pero no he podido equipar bien el departamento”, comenta irónico señalando los pasillos de la estación. Apenas sonríe.

No puedo entender cómo puedes vivir aquí.
Es duro, sí.

Ben se baña y come todos los días en uno de los centros de apoyo a los “sin techo” cercano a Westminster. Cada noche regresa a dormir a aquí. La policía no los molesta más que a las siete de la mañana, cuando un oficial recorre los pasillos de la estación sólo para despertar al promedio de 15 jóvenes, de edades entre 18 y 25 años, que encuentran en Charing Cross un refugio cotidiano.

A unos metros, uno de ellos “vocea” la revista “Big Issue”. Su energía y entusiasmo haría cambiar de color a más de un burócrata bien acomodado. La publicación es un medio, a la vez, de expresión y subsistencia de la misma gente sin techo.

Durante los 20 minutos que dura la conversación con Ben, nadie entre los usuarios del metro respondió a su intermitente llamado: “Change, please….change, please” (cambio, por favor).

Te estoy espantando la ayuda.
No creas. De todas formas nadie da nada.

De acuerdo con Crisis, un organismo nacional especializado en el apoyo a individuos sin casa, el promedio de lo que una persona reúne en un día normal de pedir dinero en las calles de Londres es de 3.50 libras.

“Lo que pasa es que yo no conocí a mi mamá. Por eso estoy aquí”, dice Ben, pero se detiene. Hace un gesto con sus manos para indicar que no hay nada más qué decir.

Organismos como Shelter, organismo civil que presta asesoría en vivienda a nivel nacional, consideran que la violencia doméstica, los problemas financieros y la ausencia de una red familiar de seguridad de personas solas son las causas principales que empujan a la gente a la calle.

En el último informe trimestral, junio-septiembre de 2003, del Gobierno británico sobre las familias “sin techo” a las que decide brindar apoyo, en el 31 por ciento de las aplicaciones admitidas los afectados habían sido “despedidos” por padres, parientes o amigos. En dos tercios de los casos en los que la causa fue la ruptura con la pareja (23 por ciento del total) hubo violencia.

Pero la carestía de vivienda en Gran Bretaña es, dice Shelter, el factor que determina a los demás. El Gobierno puede suministrar “alojamientos temporales”, pero las condiciones de salud e higiene de estas posadas “son humillantes al grado que muchos jóvenes prefieren la calle para dormir”.

El fenómeno de los sin techo es la expresión más dramática de la aguda escasez de viviendas asequibles en Gran Bretaña. “Entre 1990 y 1999”, afirma la ONG, “la renta promedio semanal en el sector privado se incrementó en cerca del 85 por ciento”.

El Gobierno lo admite, sin más. Nick Raynsford, Ministro de Vivienda, señala que cada trimestre crece el número de alojamientos que las autoridades locales proveen para gente sin casa.

“Este crecimiento se debe a una compleja interacción de factores, que incluyen la escasez de vivienda social y las pobres condiciones de las que existen. Las dos cosas son resultado de años de baja inversión en el sector”, dijo Raynsford.

En Europa, el problema no es exclusivo de los británicos. Un estudio de la Federación Europea de ONG, de 1996, señala que 50 millones de europeos viven por debajo del umbral de pobreza y casi 3 millones ni siquiera tienen un techo bajo el que cobijarse. Los tres países de la Unión Europea más golpeados por este problema son Alemania (800.000), Gran Bretaña (400.000) y Francia (300.000).

La punta del iceberg

El horizonte de Ben está al ras del piso, desde donde mira pasar el mundo. El apoyo de algunos de los organismos humanitarios que trabajan en Gran Bretaña podría reincorporarlo. La estrategia gubernamental se enfoca en “disminuir” el número de “Bens” que se ven en la calle. Pero Crisis cuestiona que sólo se busque “almacenar” a la gente en refugios precarios.

“Ellos son sólo la punta del iceberg. Cada noche, más de mil personas duermen en la calle en Inglaterra, pero hay otras 400,000 luchando por sí mismas en refugios de emergencia, con servicio de camas y desayunos asquerosos, o viajando de uno a otro sofá de amigos”, dice Shaks Ghosh, Director Ejecutivo del organismo.

“Son gente vulnerable con múltiples necesidades que requieren mucho más que alojamiento. Algunos podrán reintegrarse a la comunidad, encontrar algún trabajo y construir una familia. Pero otros van a necesitar cuidados de largo plazo. Salir de la calle es sólo el primer paso de un largo viaje”.

Podrías trabajar, Ben. Digo, quizá en un bar…
El gesto es de hastío. “Lo que yo quiero es cantar”, dice.

¿Por qué no lo haces?
“Tengo que encontrar una manera de hacerlo. Pero todavía no la veo… No la veo”.

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