El curioso incidente de los seis espeleólogos ingleses atrapados en una cueva mexicana

Por Jesús Acosta y Elizabeth Mistry

Sims
Jonathan Sims,
en Londres

En marzo de 2004, seis espeleólogos ingleses, la mayoría de extracción militar, quedaron atrapados en una cueva recóndita de Cuetzalan, Puebla.

Habían trazado mil metros de nuevos pasajes en lo profundo del sistema Alpazat, cuando su ruta de escape se inundó.

¿Qué hacían ahí?, se preguntó medio mundo. Las teorias conspirativas y los rumores, ventilados incluso por funcionarios mexicanos, escalaron hasta los limites del conflicto diplomatico entre México e Inglaterra.

En esta entrevista, Jonathan Sims, último hombre en ser rescatado, revive el trayecto desde las entrañas de la caverna hasta los titulares de prensa internacional.

De entrada, Sims es contundente: “En las cavernas es imposible encontrar uranio y no hay nada qué espiar”.

Con hablar pausado y claro, en el lobby de un elegante hotel en el centro de Londres, el militar retirado, de 42 años, expresa su intención de esclarecer los hechos por encima del revuelo político y diplomático suscitado y así poder cumplir su sueño de regresar a México. Para Sims la exploración de Alpazat siempre fue un proyecto de largo plazo y su deseo es volver al fondo de esa cueva lo más pronto posible.

inside Alpazat
Jonathan Sims,
en Londres

Tiene cuidado en la entrevista. Lo último que quiere poner en peligro es el chance de regresar de nuevo a México, país que ha visitado en cerca de 40 ocasiones, la mitad de ellas en turismo ordinario y la otra como espeleólogo.

Los buzos británicos ya estaban preparados

Jonathan Sims afirma que el hecho de haber quedado atrapados en la cueva de Alpazat estaba dentro de los cálculos que hicieron antes de viajar a México. Por eso, dice, la situación no era del todo peligrosa para ellos, porque estaban bien preparados.

“Si un grupo de espeleólogos locales entraran en las cavernas y quedaran atrapados sin haber hecho todos los preparativos que hicimos nosotros es muy probable que morirían”, dice.

El ex militar enumera las previsiones que su equipo tomó para enfrentar la gruta de Alpazat: decidieron crear, en primer lugar, un campo de emergencia a poco más de mil 600 metros de la entrada de la cueva. El llamado Campo Uno, provisto de suficiente comida, equipo de cocina, bolsas de dormir y lámparas de carburo cálcico, terminó siendo apodado por los exploradores como “El Hilton de Alpazat”, por su relativo confort. Este albergue se situó solamente metros adelante del pasaje de agua proclive a inundarse, el famoso sifón que terminaría atrapándolos.

Como precaución, al incursionar en la cueva, fueron tendiendo una cuerda guía por ese sifón, lo cual resultó vital para el rescate.

Una previsión más fue la reunión sostenida, cuando aún se hallaban en Inglaterra en los días previos a la expedición, con los buzos espeleólogos expertos, Rick Stanton y Jason Mallison.

“Antes de viajar a México, esbozamos un plan para facilitarles el buceo en la fosa dentro de la cueva en el caso de que nos vieramos atrapados por mucho tiempo. Tanto Jason como Rick habían estado en expediciones previas en Cuetzalan, conocían el sistema y entendían las dificultades asociadas con éste. Ellos dos y yo somos los únicos buzos espeleólogos capaces de bucear en esa fosa, y conocemos bien el complejo. No hay un cuarto”, asegura.

En una expedición previa en el 2000, Sims llevaba un plan similar, pero en esa ocasión cargó con todo su equipo de buceo y, mientras el grupo exploraba Alpazat, él permaneció en la superficie, como retaguardia.

“Este año yo no pude llevar mi equipo. Viajaba desde Shangai y habría necesitado cargar los cilindros conmigo y configurarlos. Por ello, diseñamos el plan alternativo con estos dos buzos para que vinieran a México si se requería.

“Nuestro mayor objetivo era la exploración de la cueva Alpazat. �?bamos nueve militares y, originalmente, cinco civiles, aunque uno de los civiles se retiró antes del incidente”.

“Debo decir que estos preparativos sólo eran medidas de precaución, pues no esperábamos, absolutamente, quedar atrapados por el sifón”, enfatiza. La entrada a Alpazat

Dos equipos de tres personas penetraron a la cueva el lunes 15 de marzo, y su plan era salir el siguiente miércoles por la noche.

Durante los primeros dos y tres días, probaron su sistema de radio para asegurar que podían comunicarse con el exterior de la cueva desde el Campo Uno más allá del sifón. El artefacto usado era un ‘Hey phone’, que usa corrientes magnéticas para transmitir la voz a través de la roca.

El mismo lunes de la entrada a la cueva avanzaron sin parar alrededor de cinco horas y por la tarde arribaron a un campo que denominaron Deep Camp (Campo profundo), una base creada en lo más profundo de la caverna.

Al día siguiente se dedicaron por entero a explorar nuevos pasajes en la vecindad de Deep Camp. Por la noche, luego de 14 horas de exploración y de haber hecho el mapa de mil 100 metros de nuevos pasajes, regresaron todos a la base. Sin embargo, cuando cruzaron el río se dieron cuenta que el nivel del agua se hallaba una pulgada más arriba.

Luego de sucesivas mediciones cayeron en la cuenta de que la cueva se estaba inundando y fue claro que tenían que dejar Deep Camp para volver al campo de emergencia. Sabían, sin embargo, que el retorno no era simple, pues había que cruzar, además de varios obstáculos difíciles, el llamado Afluente del Horror, un pasaje estrecho, profundo y empinado, que termina al lado de un río con fuertes corrientes y cascadas. “Era terrorífico�?, describe Sims.

El terror del agua

En Cuetzalan llueve normalmente entre las 16:00 y las 19:00 horas, y en los cálculos de los exploradores era razonable dejar Deep Camp a las 14 horas del miércoles 17, cuando el nivel del agua comenzaba a bajar.

A las 13: 30 horas, previo al descenso, Sims preparó una olla de papa molida y fideos. “Al comenzar a bajar, el ruido del agua era ensordecedor y usamos cuerdas para intentar pasar por encima de la corriente, pero después de 60 metros era obvio que el descenso era imposible, así que tuvimos que regresar a Deep Camp”, recuerda Sims.

Esa noche decidieron no gastar más energía ni comer nada para ahorrar las reservas que restaban.

“La atmósfera en Deep Camp era sombría, con todos acostados en sus bolsas de dormir, sin hablar casi nada y con las luces apagadas”.

Al mediodía del jueves, lo intentaron de nuevo, aunque el nivel del agua se hallaba una pulgada más arriba de lo normal. Con todo, lograron superar el obstáculo que los había derrotado el día anterior, y aunque las cascadas fueron muy difíciles, pudieron continuar sin mayores problemas hasta que arribaron a los salientes.

“El camino de salientes terminaba 20 metros arriba de la base de otra enorme cascada, y debíamos realizar una bajada de rapel a un lado del agua. Al mirar hacia abajo, todo lo que podíamos ver era una vorágine de agua y pensamos que sería imposible bajar.

“Al fi nal lo que ayudó fue que la fuerza del agua nos empujaba hacia la roca, y sólo así pudimos cruzar al otro lado de la cascada”.

Superado el afluente, los británicos llegaron al pasaje llamado Río Korwa, que ofrecía un descenso menos vertiginoso y estrecho.

“Tuvimos sólo un momento difícil en esta sección del pasaje, cuando uno de los espeleólogos fue arrastrado hacia el fondo de una cascada. En un reflejo rápido, Charlie pudo sostener a esta persona y jalarlo fuera del agua”.

Estaban muy cerca ya de Campo Uno, el albergue con los víveres que les permitirían sobrevivir hasta por tres semanas. Durante el trayecto hablaron de irse esa misma noche a beber cerveza y comerse un pollo rostizado en Cuetzalan. No se detuvieron y pasaron de largo el albergue, como si el sifón estuviera abierto.

“Sabíamos muy bien que estaba inundado, pero nadie dijo nada. Por supuesto que estaba cerrado. Así que retornamos al Campo Uno cerca de la 17: 30 horas”.

Hora de llamar a Inglaterra

A las seis de la tarde de ese jueves 18, por medio de la radio, los seis hombres atrapados lograron comunicarse con John Taylor, quien se hallaba del otro lado del sifón.

“John estaba inmensamente aliviado de oírnos. Nos había estado esperando durante dos días, cuando el nivel del agua descendió. En ese momento decidimos no llamar a los buzos del Reino Unido, sino esperar a que el sifón se abriera. En los últimos cuatro años yo había estado monitoreándolo y sabía que normalmente se abre dos días después de h berse llenado”, explica Sims.

Establecieron la rutina de checar el nivel del sifón tres veces al día. Durante el viernes, el nivel del agua cayó bastante rápido y así siguió durante el sábado. Ese día decidieron que si para el domingo no habían logrado salir, llamarían a los buzos británicos.

En la noche del sábado, los hombres consideraron incluso cruzar el pasaje con buceo libre, pero ello implicaba nadar unos 30 metros sin respirar.

“Era demasiado”, señaló Sims. “Pensamos que sería mejor dejarlo para el domingo. Desafortunadamente, en la mañana del domingo el nivel del agua se elevó siete metros, de forma que superaba el nivel de tres días atrás. En ese momento, fue evidente que necesitaríamos la ayuda de Rick y Jason”.

El domingo 21 de marzo, decidieron poner en marcha su plan de rescate y traer a los dos buzos ingleses. Para entonces, las noticias sobre los espeleólogos atrapados habían empezado ya a correr.

El ‘Full-Monty’ poblano

Pasaron cuatro días en el Campo Uno antes de ser rescatados. A la espera, matando el tiempo como mejor podían, se hallaban John Roe, sargento de la Fuerza Aérea; Charles Milton, ingeniero de submarino en la Armada británica; el capitán Toby Hamnett, abogado militar; Chris Mitchell, sargento de staff en el Ejército e ingeniero de vehículos militares. Y aparte de Jonathan Sims, ex soldado, se hallaba también, como el único no militar, Simon Carhill, quien mantiene radios para la Policía inglesa.

Sólo llevaban un cambio de ropa y debían pasar la mayor parte del tiempo desnudos, sobre todo por la necesidad de secarse luego de cada entrada al agua.

“Me alegré mucho de que no hubiera una mujer atrapada con nosotros, hubiese sido muy incómodo”, apunta Sims. Las únicas dos mujeres de la expedición, Michelle y Nicky, ambas soldados, se hallaban, para su fortuna, en la superficie.

Ya en Londres, Sims vendió al tabloide The Sun una de las fotos de esos días. Como nuevas celebridades sabían que podían sacar dinero con ella. De acuerdo con Sims, la suma pagada por la foto sirvió para apoyar a la fundación “Ghar Parau”, dedicada a la promoción del deporte en cavernas.

“Tuvimos que pasar el tiempo lo mejor que podíamos. Hicimos una baraja cortando un cuaderno en 52 piezas. La dieta era muy rala, comíamos sólo lo suficiente para sobrevivir. Era claro que tan pronto como pudiéramos irnos íbamos a necesitar una o dos buenas comidas para recuperar las fuerzas”.

Cuando Rick y Jason arribaron a México, los buzos provenientes de Londres se vieron obligados a obtener visas especiales antes de moverse a Cuetzalan, con lo que el rescate se pospuso otras 24 horas.

Esperando a Myke Tyson

El principal argumento de Sims para explicar por qué fue rechazada la ayuda de rescatistas mexicanos, es el pánico que algunos sentían dentro de la cueva frente al evento de bucear en el lodo.

En su opinión, sólo el apego al plan inicial, con buzos rescatistas expertos en cuevas de ese tipo, de habla inglesa y bien conocidos por los seis hombres atrapados, garantizaba la tranquilidad que el equipo requería.

“Cuando estás ahí y vas a ser rescatado, tú quieres a alguien que tú sabes es bueno. De haber llegado buzos desconocidos para nosotros, de quienes no teníamos idea, eso hubiera aumentado el nerviosismo de quienes iban a ser rescatados, y por tanto habría aumentado las posibilidades de caer en pánico durante la salida. Ya ahí se multiplican los riesgos de morir en el intento”, dijo.

“Es un poco como verse esquinado en una pelea en un bar y uno tiene la opción de elegir la ayuda de un soldado o la de Myke Tyson. El soldado podría ser bastante bueno, pero tú sabes que Myke Tyson es mejor”.

Según Sims, tal consideración no tenía nada que ver con nacionalidades, sino con reputación y experiencia en buceo de cavernas.

“La mayoría de los buzos militares no serían capaces de hacer esto, y no hablo sólo de buzos mexicanos, sino de británicos, franceses, estadounidenses. El 98 por ciento de los buzos militares en el mundo no serían capaces de realizar esta clase de buceo”.

“En la más reciente literatura de buceo en cuevas puedes enterarte de los logros de Rick y Jason en Estados Unidos, Francia, Italia y otras partes del mundo. Ambos han logrado más en buceo en cuevas recientemente que ningún otro buceador de cuevas en el mundo. Son los Mike Tyson del buceo en cuevas”.

La decisión final, dice, fue tomada en conjunto por el líder de la expedición, Whitlock, y el coronel al mando de las fuerzas especiales mexicanas, quien al final “aceptó que no tenían el equipo correcto ni el entrenamiento adecuado, ni la técnica correcta para realizar el rescate sin problemas”.

“El precio era esperar sólo unas pocas horas, porque nuestros buzos ya estaban en México, o sea no había realmente otra mejor opción”.

Bucear en las cavernas

Durante los dos días previos al rescate, Sims entrenó a los otros cinco miembros del grupo acerca de los principios básicos de buceo en cavernas.

“El mayor riesgo en el buceo de cuevas”, señaló, “es el estrés tendiente al pánico, así que nos enfocamos en el control del estrés y de la respiración por la boca. Hicimos ejercicios casi cómicos, en los que cada uno fue turnándose para tenderse en el suelo y sumergir la nariz en una taza de agua durante una hora. Esto ayudaría a los espeleólogos a mantener la calma mientras estuvieran bajo el agua”.

Sims insistía en no moverse dentro del sifón en caso de perder la cuerda-guía tendida en todo el pasaje.

“Lo peor es empezar a nadar para buscarla. Podrías terminar en cualquier parte. Es una cueva muy complicada, además de que el sifón está completamente cubierto de lodo y, por tanto, no se puede ver más allá de 10 o 15 centímetros mientras se bucea”.

“Entre los seis, yo era el único buzo espeleólogo experimentado y anticipé que sería el último en salir. Cuando los buzos llegaron a dónde estábamos hablé con Rick Stanton y le pregunté que estaba pasando en la superficie.Me dijo: ‘No te va a gustar nada’, así que decidí no preguntar más”.

De la penumbra a los flashes

El más nervioso era Toby. “Estaba casi aterrorizado”, dijo Sims. Los rescatistas incluso le ofrecieron permanecer con alguien más dentro de la cueva hasta que el sifón se abriera. Pero Toby decidió hacerlo. Fueron 20 minutos de buceo y cuando salió a la superficie, “estaba alocado de alivio”.

El líder de la expedición, el Mayor Stephen Whitlock decidió no decir nada a los espeleólogos sobre lo que estaba pasando afuera de la cueva. Según Sims no había necesidad de saberlo y, más bien, la información hubiera afectado la calma que se requería para salir ilesos del sifón.

Cuando Sims emergió del agua encontró a un grupo de espeleólogos mexicanos, entre ellos Ramón Espinoza, el descubridor de la cueva de Alpazat en 1993. También vio a Tachi, amigo suyo muy cercano desde hace 11 años, y a Óscar y Galindo, espeleólogos de Cuetzalan. Estaban también ahí varios miembros de las Fuerzas Especiales mexicanas ayudando y algunos otros espeleólogos que él no conocía.

“Ramón me advirtió que había un circo de medios fuera de la cueva, pero incluso con este aviso, yo no estaba preparado para la recepción que tuvimos. Me pareció tan extraño que hubiera tanto interés en un rescate llevado a cabo por un equipo de la misma expedición, de acuerdo con un plan preconcebido.

“Emergimos de la cueva para enfrentar el enceguecimiento de flashes de los fotógrafos. Era sólo caos… Cuando llegamos a lo alto de la colina, media hora de ascenso, había como 500 personas ahí, muchas de ellas habitantes locales. Estábamos rodeados de niños, la gente estaba muy interesada en lo que estábamos haciendo”.

De acuerdo con Sims, en términos técnicos, lo suyo no fue un rescate, sino un auto-rescate. “Tal parece que los medios equivocaron la historia completamente acerca de quiénes éramos y qué estábamos haciendo. Salieron con toda clase de historias descabelladas que nos presentaban como mineros buscadores de uranio y espías, aunque claramente, es imposible hallar uranio dentro de cavernas y no hay nada qué espiar en o alrededor de Cuetzalan. Desafortunadamente, esta especulación generó un conflicto diplomático entre Inglaterra y México”.

Esperan la explicación de México

A más de un mes de haber sido expulsados de México, los espeleólogos, de acuerdo con Sims, no han recibido una explicación oficial. En la expedición, apunta, no había un solo científico calificado y, aunque la mayoría eran soldados, no estaban ahí haciendo adiestramiento ni en misión militar. La visa que llevaban era de turista, y apunta que casi todas las expediciones de espeleología que van a México, más de 2 mil en su recuento, lo han hecho con esa visa.

“La excepción –dice– son las expediciones en las que se hace una investigación científica particular, con científicos profesionales patrocinados normalmente por universidades, como quienes estudian insectos, esa clase de trabajos”, puntualizó.

Sims asegura que de haber llamado previamente al Consulado mexicano para indagar por la visa adecuada, nadie se hubiera interesado, “porque hay probablemente cada año 50 mil turistas que van a México a hacer espeleología, principalmente de Estados Unidos”.

“Estábamos explorando una cueva, eramos un grupo de soldados y ex soldados haciendo ejercicio físico de la misma forma en que lo harían jugando futbol. Si haces espeleología siempre estás en condición. Desde un punto de vista militar, el Ejército quiere que sus soldados estén en condición, por eso favorecen estos clubes”.

“Cada día de la semana”, dice, “hay grupos de soldados británicos entrando a México, principalmente a Cancún, desde la base militar de Belice”. Y concluye: “El trato subsecuente que recibimos, arresto, expulsión, no tuvo nada que ver con lo que éramos o estábamos haciendo, sino que fue una consecuencia del conflicto diplomático que se estaba desarrollando entre Inglaterra y México�?.

Durante el vuelo BA 242 que los llevó de regreso a su país, los ingleses estuvieron de buen humor y bromeando con los pasajeros sobre lo “aliviados y felices” que se sentían de haber dejado México.

Cuando la nave de British Airways aterrizó en Londres, el piloto anunció por el altavoz, regresando las bromas: “Por favor, los señores espeleólogos permanezcan en sus asientos… porque van de regreso a México”.

Las carcajadas cerraron estruendosas todo el episodio.

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